EL COMERCIO DOMÉSTICO. Economía de trueque.

 

 

 


La sobriedad no era opcional. La economía de postguerra, no difería demasiado de la de guerra, aunque las cartillas de racionamiento y las requisas de grano, ya estaban superadas.

El dinero era escaso en una economía agraria de subsistencia. Yo no recuerdo el hambre, pero si la monotonía y la estrechez del menú, limitado a las variedades autocultivadas y solo excepcionalmente complementadas por algunos productos de mercado. Patatas, habas, berzas, repollo, grelos en invierno, pan sobre todo de maíz y carne de cerdo, constituían una dieta no demasiado variada. Los huevos, eran de consumo excepcional, por lo que ahora veremos. De leche proveían las vacas de la casa y de vez en cuando, se hacía algún que otro queso, cuya ingesta era también limitada, por la misma razón que los huevos. Las gallinas viejas y mas tarde algún conejo de vez en cuando, permitían una cierta alternancia en la dieta. La venta de leche para su comercialización, todavía tardó.

La ternera, los garbanzos o el bizcocho, eran singularidades lujosas, reservadas solo para la fiesta anual en la que solían reunirse algunos familiares.

Fue bastante mas tarde, cuando una pescadera venía una vez a la semana con una cesta de sardinas, que constituían todo el pescado accesible.

El complemento graso para freir, lo aportaba la manteca de cerdo y solo cuando “se podía”, se utilizaba aceite.

El excedente valorado para intercambio, estaba constituido por huevos, habas y de vez en cuando algún queso.

D. José, el dueño de una humilde tienda de ultramarinos-taberna, que distaba aproximadamente un quilómetro y medio, era un señor amable, un tanto huraño y seguramente con injusta reputación de usurero. Era yo de tierna edad y de escasa corpulencia, cuando me veía llegar cargado con el saco de habas, o con el canasto de huevos, me trataba con cariño y se mostraba siempre solícito y dispuesto para atenderme.

Hacía el pesaje y recuento de lo que yo llevaba y anotaba. A continuación yo exponía la petición, en la que podían incluirse, azúcar, arroz, fideos, aceite y condimentos (sal, pimentón, azafrán-colorante) y cuajo para hacer queso. Cuando ocasionalmente me atendía su hijo y al realizar el balance, detectaba que el valor de lo aportado no llegaba para igualar lo que me llevaba, consultaba al padre con tono acusador. El padre, con tono de reprimenda le corregía con severidad ¡Está bien así!

El canasto de huevos, constituía para mi un castigo, porque según la costumbre popular el manejo de tal producto, era cosa de mujeres. Procuraba circular por lugares poco transitados y si divisaba a alguien en la distancia, me escondía prudentemente, hasta que el riesgo de encuentro estaba conjurado. No resultaba fácil la evasión, porque los caminos estaban compuestos por estrechos senderos y veredas. Cuando el encuentro resultaba inevitable,  sobre todo las mujeres, sabían hurgar en la herida del modo mas doloroso. ¡A algunas las temía y tal vez las odiaba!

En invierno, en temporada de lluvias, era preciso atravesar un estrecho puente de piedra, sobre una cascada, que con la crecida producía auténtico mareo y desde luego pánico. Para superarlo, mas de una vez había que recurrir a pasarlo a gatas para superar la sensación de vértigo provocada por la velocidad del agua.

Los motivos para la distracción a lo largo del camino, lo constituían el paso del rio, donde la observación de las truchas manteniéndose aparentemente estáticas en la corriente, eran un espectáculo hipnótico y los pájaros, los árboles o las piedras, eran razones para dilatar el tiempo de viaje. Al fin y al cabo, era soledad al aires libre y liberado de la disciplina de las tareas caseras bajo la vigilancia de la jefa. A menudo, el interrogatorio sobre los motivos de la dilación, culminaba con algún intento de colar justificaciones difícilmente creibles, lo que despertaba la ira de mi madre, no por la tardanza, sinó por la mentira. ¡Mocoso! Me decía tratando de menoscabar mi suficiencia. ¡Que razón tenía!

Todo esto se desarrollaba en una geografía limitada, en un paisaje, que resultaba conocido como la palma de la mano, con el que desde hace años, tengo poca relación física. Sin embargo, cuando eventualmente regreso solo de paso, en la memoria asoman como alborotados, los numerosos topónimos con los que se identifican aldeas, lugares y fincas, que llevaban años olvidados.

No se si recordar es terapéutico, pero al menos a mi, me resulta placentero.

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