LA MISION. EL ESPÍRITU REDENTOR.

 


 

Con la entonación a modo de entradilla del “Perdona a tu pueblo Señor” a capela,  por el cura párroco, daba comienzo aquella liturgia extraordinaria, en la que los cantos expiatorios, se alternaban con una sucesión de homilías cada cual mas apocalíptica.

Era el anochecer y la nave única de la iglesia parroquial a rebosar, se percibía inundada por el olor a cera ardiendo, exhalado por la grada de velas situada en uno de los laterales del altar mayor. Su resplandor ondulante, desmerecía el ténue de las arañas también de velas colgadas de la techumbre

A ambos lados de la nave y sobre los laterales del Pórtico antealtar, en sendos púlpitos sin baldaquino, se ubicaban dos frailes con hábito oscuro, capucha y enorme coronilla, que eran los encargados de animar la velada.

El papel del cura párroco, en esta ocasión reducido apenas a tareas subalternas y de acólito ocasional para entonar los cánticos, quedaba manifiestamente difuminado, por la energía y destreza con la que derramaban su oratoria tremendista, aquellos enviados para redimir al rebaño de almas seguramente descarriadas, que abarrotaban el templo.

Las arengas se sucedían alternándose entre ambos púlpitos,  en la vehemencia y entre los que se entablaba una dura competición por la rotundidad de sus exordios, de los que parecían incapaces de salir. Uno, remachaba las terribles previsiones del otro, en una sucesión de descripciones y consecuencias, dignas de mejor causa.

Tal parecía que daban por cierto, que toda la infancia y juventud que seguía en silencio las arengas, era de natural tan pecador, que solo el fuego eterno podría ser la consecuencia de su irredimible condición.

La lujuria en cualquiera de sus variantes, era el pecado que conformaba la acusación dominante y lo tremendo de sus consecuencias, es que conducían irremisiblemente al duro castigo del fuego eterno del infierno, o al valle de lágrimas que es la vida, en forma de enfermedades, pérdida de sentidos o incluso de la locura.

No quedaba resquicio para la piedad, ni para la esperanza. Solo el miedo al castigo, podría  redimir a aquel rebaño de pecadores . No dejaban títere con cabeza, ni terrible pecado del amplio ramo de la lujuria, que no fuese enumerado, descrito y evaluado; para finalmente condenar irremisiblemente al pecador.

Tal parecía ser el mensaje de la Misión, que así se llamaba aquella liturgia, que quedaba para la memoria, reflejada en una cruz adosada a la pared lateral de la iglesia, sobre la que se inscribía el año y la orden religiosa a la que pertenecían los padres oficiantes. Había cruces de jesuitas, redentoristas, dominicos, capuchinos y tal vez alguna mas de diversos años.

Finalizado tan lúgubre oficio, bien podría pensarse que de allí solo podría salirse dando golpes de pecho y realizando sacrificios liberatorios que recondujeran a aquellas almas descarriadas, hacia el buen camino, pero a la oscuridad de la noche no podría sumársele tan inquietante tarea y aquellas almas no se si temerosas de Dios, se evadian en otros quehaceres menos inquietantes directamente relacionados con el dilatado sermón.

De un modo imperceptible, los chicos y chicas ya maduros, mas o menos emparejados, afrontaban el camino de regreso, buscando la intimidad. Y un animado grupo de pequeños, compartía regreso con niñas de la misma edad y también con algunos algo mayores de ambos sexos que podríamos decir no tenían otros compromisos.

Después de la tremenda reprimenda de los frailes, resultaba increíble el desenfado y la liberalidad, con la que de modo natural, se desenvolvía aquel grupo heterogéneo de niñerío y juventud. Las niñas pequeñas, se desempeñaban por su cuenta, ajenas al trajín de los demás. Los niños, alegremente consentidos por las mayores, exploraban ávidamente las sólidas colinas y hermosas vaguadas del universo femenino, en una suerte de rito iniciático, de la llamada de la naturaleza. Su inexperiencia y falta de pericia, provocaba la risa de las chicas que con claves entre ellas, daban rienda suelta a su manifiesta superioridad en la materia.

De vez en cuando, algún mayor terciaba también en la tentativa exploratoria, osando transitar por accidentes mas recónditos. A menudo eran reprendidos con alguna sonora bofetada de las afectadas y el afeamiento de su conducta compartido ante el auditorio, a modo de castigo ejemplar. Estaba claro que en aquel grupo, no se estaba para eso.

De aquellas Misiones, seguramente permanecerá el recuerdo de las inocentes ceremonias iniciáticas a lo largo del camino de regreso en plena noche. De las tremendistas y amenazantes profecías de los monjes, queda solo esa constatación bondadosa de que la naturaleza sigue su curso, a pesar de las prédicas hipócritas o no, que se empeñan en contradecirla.

Por cierto, presumiblemente, aquello pretendía ser una forma de lo que mas tarde conocimos con el pecaminoso nombre de educación sexual, que entonces se entendía solo en sentido restrictivo. Tal vez los intentos de poner puertas al campo, solo logran desatar las tempestades.

¿Queda algo de aquello?  Pués evalúen ustedes mismos.

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