DE CUANDO LA COMUNICACIÓN ERA EPISTOLAR.

 


 

Atrio era el nombre del lugar. Antesala de la iglesia parroquial, lugar de celebración de verbenas del santoral, de ocasionales partidos de balompié con artesanales pelotas constituidas por redondos ovillos de materiales indefinidos. En verano fuente de polvo y en invierno, lodazal en el que embadurnarse.

Plaza de porte triangular con un roble en medio, castigado el pobre por agresiones diversas, flanqueada por la casa de la maestra, el muro del camposanto y la casa de Cabeza. La casa de Cabeza, era uno de esos comercios multifuncionales, en los que lo mismo se comía en la propia cocina, se tomaba una copa en el bar, se compraban comestibles, o girándose 180 grados, se compraba el género para un traje. Entre sus múltiples funciones, estaba la de cartería. El cartero depositaba allí el correo, que luego los escolares recogían para llevar a sus casas, en el trayecto de regreso de la escuela y recogía las cartas franqueadas, que allí depositaban los residentes.

Las cartas, eran el nexo de comunicación con los familiares que huyendo de la miseria, habían cruzado el Atlántico, para acabar en Venezuela, Brasil, Uruguay o Argentina. Los mas “modernos”, lo habían hecho en dirección al Nordeste por tren, para recaer en Francia, Suiza, Alemania, Holanda o Inglaterra.

Era la epistolar, una comunicación poco dada a la urgencia. Las urgencias, imposibles con América, empezaron a cobrar valor, en la comunicación con la Europa, no solo mas próxima, sinó sin océano de por medio. Las urgencias requerían del telegrama, algo mas compleja gestión, porque requería desplazamiento hasta un lugar con telégrafo, pero con auténticas opciones de acercarse mas a la inmediatez. El teléfono, no solo resultaba inasequible por caro, sinó por inexistente.

Las cartas con América, eran cuestión de meses, seguían su curso y apenas había manera de agilizarlas; pero con Europa, tenían ciertos trucos para agilizarse.

Uno de aquellos recursos, consistía en depositarlas en el un tren correo, en el que se procesaban de modo inmediato y con ello se garantizaba que su recorrido no se veía interrumpido por detenciones en depósitos temporales, a la espera de traslado o clasificación.

Recordaba él, aquel tren correo, que a las cuatro y cuarto de la tarde, paraba en la estación de Queijas-Londoño. Aquella estación, ocupaba la parte convexa de una via en curva, que dificultaba la tarea de aquel niño de baja estatura.

Al peralte de las vias, que elevaba la altura del buzón situado en el vagón-correo, se sumaba el hecho de que siendo dicho vagón el inmediato siguiente a la máquina tractora, a veces el humo, el vapor o incluso el lugar de parada, en los límites de la plataforma del andén, dificultaban el acceso a la ranura de las cartas.

Todo un espectáculo para el niño. El humo de la chimenea de la locomotora, el silbo  que anunciaba la salida, el traqueteo de las válvulas de vapor al empujar el émbolo, el espectáculo de la enorme biela que oscilaba sobre las ruedas y chirrido de aquellas al patinar en el arranque sobre los carriles de acero, constituían un atractivo hipnotizante.

Cuando finalmente, el tren se alejaba, dejando tras de sí una prolongada y olorosa estela de humo, la sensación de que aquella carta estaba en movimiento y ya no pararía hasta alcanzar su destino, era una sensación placentera.

 

 

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