ACTIVIDADES EXTRAESCOLARES.

 

 

 


 

Era un auténtico ritual de desafío. Los contendientes, se concertaban para a la salida de clase, dirigirse al espacio de lucha, que no era precisamente un tatami. Acompañados del “padrino” designado de común acuerdo, la cita se consumaba en una vereda profunda a la salida de la aldea, conocida con el evocador nombre vernáculo de “corredoira fonda”.

Los protagonistas y su padrino, tenían edades en el entorno de los catorce años y generalmente, dotados ya de una corpulencia considerable. Unos mangallones solían llamarles, no sin ánimo peyorativo.

El padrino se encargaba de colocarlos frente a frente y de situarles a cada uno sendos palitos en el hombro derecho, palitos que se constituían en si mismos en el ocasional objeto del desafío.

¡A que no me lo tiras! Decía uno, ¡A que no me lo tiras tu!, decía el otro. La porfía, podía concluir de inmediato, dependiendo de la fogosidad de los contendientes, o continuar monótona un largo, en una especie de juego psicológico; hasta que el mas aguerrido, aceptaba el reto y arrojando al suelo el palito del contrario, abría las hostilidades.

El espacio de lucha, en realidad bastante angosto, disponía como acolchado para las caídas de alguna que otra piedra o los palos habituales en este tipo de caminos. La lucha no era incruenta. A menudo los golpes directos o las caídas, provocaban abundante sangre para alimentar el morbo de la expectación. Expectación constituida por el resto del alumnado, obligado a asistir, bajo la pena de ser considerado “caguicas”, una de las posiciones menos aconsejables en un contexto potencialmente bélico.

Contendientes había, de una nobleza incorruptible, que finalizado el episodio y a pesar de las heridas infligidas o recibidas, mantenían la relación de cordialidad o normalidad precedente; pero también los había, que ya en su corazón albergaban el veneno de la violencia y además de su falta de nobleza en la lucha, guardaban perniciosos rencores de modo duradero, que interferían la convivencia.

Sobre aquellos encuentros siempre organizados de forma “secreta”, ocasionalmente podía producirse alguna filtración, o alguna delación ingénua por parte de los mas pequeños. Eso unido al sorprendente interés de alguna de las vecinas, por conocer las interioridades de las relaciones sociales del alumnado, llevaba inevitablemente a que la Maestra recibiera información previa o a posteriori y ello propiciaba su intervención.

En la investigación de los hechos, no faltaban los incentivos para la delación, el juego psicológico de la amenaza, o los castigos por el silencio.

Es difícil saber, porque aquellos mangallones, necesitaban del recurso a desafíos rituales, para propinarse unos cuantos golpes y dejarse alguna que otra cicatriz. Tal vez en sus jóvenes e incautas mentes, pervivían viejas querellas de sus mayores “los de la Cima contra los de a Baixa”, “los del cura contra los de la maestra”, o vaya usted a saber que discordias subconscientes inspiraban aquellas violencias.

Insondable resulta a veces la mente humana, cuando sin premeditación se adentra en los recuerdos y aquellos brotan poderosos y fluyen como caudal de un torrente, necesitados de contención, para hacerse inteligibles.

Tal vez es el refugio en el siempre cálido territorio de la infancia, (omito la palabra exilio, últimamente banalizada y envilecida) de la mano protectora de la memoria, auténtico instrumento terapéutico, cuando selectiva pretende protegernos de nuestros propios demonios; o verdadero infierno, cuando se empeña obsesiva en evidenciarnos las partes mas ingratas de nuestra existencia, estimulando las mas innobles y oscuras pasiones humanas.

Tal vez ese refugio, es recurso imprescindible, para mantener el mínimo equilibrio, en este gigantesco manicomio de egoístas suicidas en que se está convirtiendo este mundo que necesita fluir a la velocidad de la luz, para que los dioses se lucren del flujo desconcertante de los estúpidos.

Quién puede saberlo.

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