CORNADAS DEL HAMBRE. (Un relato del abuelo)
Eran los primeros años de la década de los cuarenta, en Europa estaba desarrollándose la Segunda guerra mundial y la Alemania Nazi, demandaba gran cantidad de tungsteno, para alimentar su devoradora industria armamentística. España, iniciando el periodo de postguerra, un tiempo en el que el hambre era algo mas que una sensación ocasional de determinadas horas del dia.
En Varilongo, a algo mas de treinta quilómetros de distancia, se encontraba en plena explotación, una mina de wolframio de gran producción y en un amplio espacio en torno a ella, durante años, iban depositándose los rechazos y estériles procedentes de las labores mineras.
A oídos de un grupo de jóvenes, llegó la noticia, de que rebuscando en los montículos de rechazos, podían encontrarse pequeños fragmentos desechados de mineral, comercializables de estraperlo, para obtener algún dinero, producto escaso en la época. En un país en el que perduraba la economía de guerra y en la que todo tipo de mercado estaba intervenido, el estraperlo era un hecho habitual y en su práctica naturalmente intervenía todo tipo de personajes. Alguna que otra fortuna se forjó con base en esa economía “informal”
Arrancaron con varias horas de noche por delante, los seis o siete jóvenes, capitaneados por uno algo mayor con presumida experiencia, rumbo a la zona de brañas en las que las labores de la mina, habían ido acumulando toneladas de materiales de desecho.
Tras mas de seis horas de camino y sin tiempo para el descanso, nada mas llegar a la enorme explanada plagada de montículos, comenzaron la búsqueda de las preciadas piedrecillas negruzcas, que luego trasladarían saco al hombro, hasta algún lugar, donde un intermediario les compraría el preciado material.
Cuando ya habían recolectado una cantidad moderada, pero importante para sus ambiciones, el asomo y los gritos de la Guardia civil, desbarataron los planes y forzaron la precipitada huida de los eventuales buscadores de wolframio.
La huida, era por otro lado, la opción mas conveniente para todos, dado que el aguardar la llegada de la autoridad, era asegurarse una paliza soberana y por supuesto sufrir la requisa del mineral recolectado, de modo que la opción mas viable de garantizar la integridad, era huir ligeros de equipaje y a la mayor velocidad posible, para no ser alcanzados.
Contaba el abuelo, que luego supieron, que salvo concierto previo para compartir las ganancias, la Guardia civil intervenía con la voluntad de dispersar a los aventureros y hacerse cargo del botín completo y con ello de las ganancias que de él se obtuviesen.
La caminata de ida, la escasez de provisiones, el tiempo dedicado a la recolección y la agitada huida, habían hecho mella en los aventureros. Pasaron la noche clandestinamente en un pajar anexo a una cuadra de ovejas.
Emprendieron camino de nuevo y como el hambre apretaba, robaron un carnero, que llevaron a hombros durante un trecho de varios quilómetros, hasta que en alguna casa de agricultores, lejos del lugar del robo, concertaron con la dueña la tarea de cocinarlo, previo despojo de la piel y vísceras del mismo.
El regreso de la aventura, era como el regreso de un fracaso, donde el modesto objetivo, había resultado desbaratado por la inexperiencia o tal vez por la picaresca de los inductores, que de los fracasos ajenos lograban sus ganancias.
Algo menos de ochenta años nos separan de aquellas miserias. Cuando recuerdo al abuelo contándolo, percibo la imagen de la frustración y de la desesperanza, la emigración como alternativa.
Siguieron todavía décadas de gris oscuro como color dominante y único, con las expectativas limitadas por un horizonte de desesperanza. Pésimos tiempos, que deberían conjurarnos para ser capaces de evitar que la amenaza de regreso de aquellos colores y horizontes, fuese definitivamente conjurada.
Me pregunto si hemos aprendido algo.
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