LA ESCUELA NACIONAL MIXTA. Un relato breve de infancia.

 




En la planta baja de una vivienda, no sabría él, apreciar con exactitud su superficie, pero seguro que no superaba los sesenta metros cuadrados, allí estaba la escuela. Aula única y multifuncional. E


La puerta de entrada, estaba orientada hacia el sur y se accedía desde una pequeña explanada triangular. El triángulo, mas o menos rectángulo, estaba delimitado por un un camino de carro que constituía su hipotenusa, uno de los lados estaba delimitado por un vallado de piedra con cancilla de madera, que daba acceso a una finca habitualmente sembrada de maiz y el otro constituía la pared de la escuela. El camino, mas allá del vértice del triángulo, se tornaba estrecho irregular y pedregoso, encajonado entre dos elevados muros de piedra y con pendiente descendente, visto desde la pequeña esplanada de la escuela.


Estaba ubicada en la pequeña caida hacia el oeste, del altiplano que sustentaba la aldea del Atrio y en las inmediaciones estaba la iglesia parroquial y un par de tabernas que constituían lugar de animación social.


Al aula única, se accedía directamente desde el exterior. A la izquierda de la puerta de acceso, se encontraba la mesa de la Maestra nacional. Detrás de la mesa, un encerado, flanqueado por dos mapas de España, uno físico y otro político. En lugar preeminente, fotografías con la cara del Generalísimo de la época y de José Antonio Primo de Rivera y entre ambos, un gran crucifijo.


El suelo de madera de pino sin aditamentos, deteriorado en consonancia con el ajetreo al que cotidianamente era sometido. El mobiliario para alumnos, estaba constituido por varias filas de pupitres corridos para cinco o seis escolares, con su banco solidario incorporado. Los huecos para tintero, tenían sus rebordes coloreados de modo irregular, por el efecto de los inevitables desbordamientos y goteos. No había mas decoración que la simbólica ya mencionada


La escuela mixta, pero dentro de un orden. Los niños tenían clase por la mañana y las niñas por la tarde, con la excepción de las familias numerosas, a las que para compatibilizar la aportación infantil a las tareas agrarias, se les permitía alterar la división por géneros y enviar a clase excepcionalmente en la jornada del género opuesto a parte de la prole. Sus dos pupitres corridos, se situaban separados en la pared opuesta a la entrada girados noventa grados respecto de los del resto de la clase. Mas de un conflicto hormonal generaba la presencia del género opuesto, en algunos segmentos de edad, con los que debía lidiar no sin dificultad la Sra. Maestra nacional.


Naturalmente carecía de agua corriente, de servicios higiénicos y de calefacción. El camino descendente flanqueado por sendos muros de piedra, era el lugar para la deposición de las llamadas aguas menores y la evacuación sólida, solía realizarse en el sembrado de maiz antes citado. Campo minado aquel, donde las trampas, fácilmente accesibles, se adherían al zueco y con ello se difundía el intenso y penetrante “aroma” delator, objeto de befa para el resto de condiscípulos.


De vez en cuando, las campañas de refuerzo alimenticio, llegaban a la escuela, en forma de reparto de leche en polvo y de un trozo de queso graso de color amarillo y dureza contrastada. La leche, se diluía en un vaso individual y él recuerda, que no era del agrado de todos los comensales, algunos de los cuales, la derramaban clandestinamente en la misma zona del camino en que se localizaba el urinario colectivo. El hedor, sobre todo en épocas secas y de calor, pueden ustedes imaginárselo. ¡Leche mezclada con orina y todo debidamente fermentado!


Las familias en una colaboración digna de elogio, facilitaban a la escuela las varas generalmente de castaño, que servían para “mantener el orden”. El principio pedagógico, de la letra con sangre entra, tal vez estaba vigente. Y perfectamente claro lo tenían algunos alumnos mayores, cuando por ocasional ausencia de la maestra, se encargaban de muy buen grado, de “atender al orden”. En mas de una ocasión, recuerda el informador, rebasaron los límites de atender al orden y entraron directamente en el terreno de infringir dolor generalmente a los mas tiernos, por pura crueldad. Es difícil olvidar a aquel moreno de corpachón achaparrado, con ojos saltones siempre enrojecidos y de cuyo nombre naturalmente, él no se acuerda


El método de aprendizaje, mediante el recitado colectivo de tablas aritméticas, accidentes o límites geográficos, capitales de paises, reyes godos o formas gramaticales, otorgaba a las clases una monotonía sonora, que acompañada del balanceo de torso adelante y atrás, hoy recordaría perfectamente las imágenes televisivas de las escuelas coránicas.


Los estímulos siempre visibles, colectivos y aleccionadores, consistían en premiar a los buenos con una loa pública nominativa y a los malos, con una reprensión, que en los casos extremos, podía llegar al castigo también público no exento de escarnio, consistente en mirar a la pared sosteniendo libros en ambas manos con brazos en cruz y en algunos casos, incorporándole unas dolorosas orejas de cartón, conocidas como “orejas de burro”.


Manifiesta el comunicante, que los maestros, todos los maestros, siempre le han inspirado un gran respeto, porque enfrentarse a mas de treinta tiranillos vocacionales en grupo, resulta siempre complejo y lograr estimularlos y despertar su curiosidad no es tarea fácil. De la humanidad de los métodos pedagógicos, cada cual que evalúe según su criterio.


Doña Maruja, que así se llamaba la Maestra nacional, era una mujer perfectamente integrada en el paisaje de la época. De tan profundas convicciones religiosas e identificación con la causa del movimiento nacional y del nacionalsindicalismo, que en su tarea pedagógica, se inspiraba en ellas y las difundía con la vehemencia propia de los convictos. La “cruzada de liberación” cristiana por supuesto, para salvar a la patria del terror comunista, era frecuente recurso inspirador. Paradójicamente, mantenía una relación de hostilidad con el cura, me temo que porque aquel, dada su juventud, tal vez no compartía la misma línea argumental, o no con la misma intensidad.


No guarda el comunicante mal recuerdo de aquella escuela, la recuerda tal como era, representativa del blanco y negro imperante, de la sobriedad indeclinable y de las ganas de vivir de una infancia, capaz de sobreponerse a todo.


Para él, en aquella escuela, se iniciaron algunas facetas del aprendizaje de la vida, esa tarea siempre inconclusa, que solo finaliza con el último suspiro. Allí comenzaron las dudas, allí también las ínfimas satisfacciones de esa curiosidad insaciable que define al ser humano.


Es cierto que no había psicólogos profesionales, pero tampoco existían las frustraciones debidas a la imposibilidad de adquirir bienes de consumo. Sencillamente no estaban disponibles.


Desde la distancia, él no guarda nostalgia de aquellos tiempos grises; sinó memoria de los hechos y la perspectiva que da la supervivencia evolutiva. 

Comentarios

Entradas populares de este blog