MAS ALLÁ DE LA ESCUELA. EL CAMINO SALVAJE.

 


Recorría aproximadamente dos quilómetros, para llegar a la escuela y otros tantos para regresar a casa. En ocasiones, se compartía camino en compañía de otros niños de aldeas mas cercanas con recorrido común.


Los caminos opcionales o complementarios, eran caminos de carro y senderos peatonales, que en invierno, resultaba frecuente que resultasen inundados hasta resultar impracticables.


Uno de los riachuelos que debían cruzarse, era el Rio de Pazos, generalmente por un puente, conocido como Ponte Sanín. Un pequeño puente de losas de piedra plana, que en épocas de fuertes lluvias, resultaba superado por la inundación y devenía impracticable. En tales dias, no se asistía a clase.


Durante el recorrido, se alternaban juegos varios, desde la conducción de aro, hasta carreras, saltos, alguna que otra peleilla y algunas competiciones extraordinarias.


En primavera-verano, la climatología invitaba al juego y la naturaleza proveía de lo necesario. En la Ponte Sanín que antes citábamos, en sus inmediaciones, competíamos por cruzar el rio de un salto, en una modalidad de salto de longitud, que a menudo prodigaba aparatosos chapuzones. Otra diversión la constituía el baño y los juegos acuáticos en el Rio Cerdeiras, en una zona de represa, conocida como Presa do Carril.


No lejos de allí, en un espacio llamado Candán, existía un pinar, con unos ejemplares de pino, cuya especie él desconoce, pero que se caracterizaban por tener una elevada copa redondeada en la que todos los años, anidaban los milanos. Los mayores, algunos de ellos con envidiable habilidad, competían por trepar sin ningún tipo de anclaje ni ayuda a alturas, que podrían perfectamente superar los diez metros, para “robar” la nidada.


Contigua al pinar y con el mismo nombre, se ubicaban diversas fincas de labor, en una de las cuales, trabajaba con frecuencia “Pedro de Lamas”. Un hombre rudo y peculiar, al que seguramente no disgustaba compartir los juegos mas o menos infantiles. No se recuerda que Pedro usase nunca calzado y sus pies naturalmente se confundían con la tierra que pisaba.


El sendero por el que pasaban, distaba tal vez un centenar de metros de donde estaba Pedro y el ritual era siempre el mismo. Uno de los mayores, con voz potente, gritaba la señal “¡quilludo ouuuu!”, cuya traducción omito y oída la cual, el hombre como excitado por un resorte, abandonaba la azada y perseguía a la pandilla de pilluelos, hasta alcanzarlos o no. El éxito del juego era total, cuando la persecución obligaba a Pedro, a alcanzar una aldea llamada Carril. Allí, el camino público, siempre recubierto de una capa de tojo, resultaría impracticable para pies normales, pero inócuo para los pies de Pedro, encallecidos a prueba de espinas. Lo atravesaba para al final manifestar bravucón “Pedro no teme al tojo”


La persecución aún con alcance, siempre resultaba feliz, porque Pedro se limitaba a manifestar que el no hacía daño a los niños, que no era malo.


La búsqueda de nidos, sobre todo de mirlo o de urraca, eran otras de las actividades “naturales”, que resultaban exitosas en muy pocos casos. Eran exitosas, cuando al abrir los huevos, estos estaban “sanos” y directamente los bebian, pero eran frustrantes, cuando los huevos resultaban incubados y en consecuencia no eran comestibles. Peor todavía mas fracaso, cuando había polluelos, porque en tal caso el mito protector, decía que no podían tocarse, porque contagiaban la “tiña”.


A veces, los juegos se prolongaban, lo que aseguraba la bronca por llegar tarde y en casos exagerados o de cabreo de los progenitores, conllevaba algún que otro azote de desahogo.


Tal vez nos separan de aquello seis décadas mas o menos. Una eternidad visto desde la era de Internet. Inapreciable en términos del universo y para sus protagonistas, parece que fué ayer.


El narrador solo quiere contar los hechos, tal y como se los transmite el protagonista. Los juicios, sobre ellos, les corresponden a otros.



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