AÑORANZA DE LOS FANTASMAS BUENOS.
El niño recuerda aquella cuadrilla de canteros, que por quince mil reales, mantenidos, debían levantar parcialmente las paredes de la “casa nueva”. Los reales, eran un residuo de denominación monetaria, equivalente a veinticinco céntimos de peseta y mantenidos, quería decir que el precio de ajuste, incluía facilitarles alimentación y alojamiento.
Eran hombres poderosos, capaces de mover enormes piedras y de trasegar tinajas de argamasa de barro, con las que generar asiento y adherencia. Eran cuatro, pero el niño solo recuerda el nombre de tres, Marcelino, era el maestro, Benigno era un sobrino suyo, el encargado de labrar a pico los sillares de las esquinas, Manuel era un forzudo que igual trasportaba piedras enormes, como construía y destruía andamios sobre postes y riostras de madera, del cuarto no guarda recuerdo el niño.
Durante las largas noches de invierno, la cena venía seguida de reñidas partidas de cartas y una sucesión infinita de cuentacuentos, en los que no faltaba la “estadea” muy presente en la época. Ellos solo regresaban a sus casas, que distaban unos diez quilómetros o tal vez mas, los fines de semana.
Marcelino contaba las supuestas apariciones de muertos en su casa, apariciones de las que siempre era víctima su mujer. Refería, que en cuanto su mujer le informaba de la presencia de la “aparición”, el huía como alma llevada del diablo. La confesión provocaba la fina ironía del sobrino que con manifiesta seriedad le preguntaba ¿y dejabas a tu mujer sola con el fantasma?, a lo que Marcelino flemático respondía que estaba acostumbrada.
Otras veces las apariciones, cobraban formas grotescas, como por ejemplo un perro colgado en una cancilla abierto en canal y crucificado al modo cristiano. Siempre fenómenos vinculados a la noche y tal vez al hambre; en no pocas ocasiones a las pesadas bromas de los parroquianos, cuando no venganzas por alguna que otra disputa.
Nunca escuché relatos de fantasmas asesinos ni mala gente, pero algo tuve siempre por rigurosamente cierto. La “estadea” podía no ser una realidad física medible o cuantificable, pero indudablemente era una realidad inmaterial perfectamente aprensible por las mentes en las que se alojaba. La “estadea” existió.
Hoy el niño, echa de menos aquellos cuentos de fantasmas tan estimulantes para la fantasía y acuden a su memoria, otros fantasmas mas contemporáneos, esos fantasmas todavía vivos y representativos de una época en la que la imaginación permitía una cierta esperanza, a pesar de las amenazas.
Hoy el niño, en una visita al Congreso de los diputados, pudo visualizar con claridad dos fantasmas tan reales como los bustos de Sagasta o de Besteiro o como las estatuas de las Reinas Isabeles.
En el salón de los pasos perdidos, en el pasillo del orden del dia o en el escritorio del reloj, en todos ellos, sobrevuela en holograma tridimensional, D. Luís Carandell con su sonrisa burlona y el retumbar de su grave voz, recordando a los impostores que por allí abundan, los discursos de D. Emilio Castelar de D. Manuel Azaña, de D Agustín Arguelles o de Dª Clara Campoamor. Lástima de esa sordera con orejeras, lástima que sean incapaces de asimilar el espíritu pedagógico del benéfico fantasma de D. Luís ilustre cronista parlamentario.
Pero es en el salón de plenos, donde pude percibir el mas emocionante, vibrante y emotivo de cuantos asertos allí se pronunicaron a lo largo de centurias. Lo contenía todo, sentimiento, elocuencia, síntesis y sobre todo absoluta credibilidad. No, no era aquel discurso sentido estructurado, claro y acusador que retrataba la incipiente mediocridad parlamentaria, que provocó el silencio de algunos, el llanto de otros y la silenciosa indiferencia de los irreductibles, hablo de aquella memorable intervención de Dª Pilar Manjón madre de uno de los jóvenes asesinados en aquel brutal atentado de la estación de Atocha.
Estoy refiriéndome a aquella elocuencia explosiva de un buen hombre, un honesto diputado y maestro vocacional, que espoleado por la vulgaridad y las chanzas de un concreto sector de diputados, disparó aquel discurso acerado y vehemente, que cotidianamente nos evocan (o provocan) los actuales miembros del Parlamento. Un compendio de sentimientos, expresado en términos de mitología de la gente del teatro, que sonó como una proclama revolucionaria, como tratamiento de choque. Las tres palabras de D.Jose Antonio Labordeta, reverberan reflejadas en paredes y techos, se sobreponen unos a otros los ecos y si no las captan los oídos y los micrófonos, es que les falta sensibilidad.
¡A LA ……!
Nunca el discurso de un fantasma, regresa evocado tan frecuentemente, por la actualidad parlamentaria. Al menos así lo aprecia aquel niño de los cincuenta.
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