UNA HISTORIA DE NÁUFRAGOS.
Dedicado a los otros dos náufragos compañeros y amigos, supervivientes después, de avatares diversos.
Corrían los primeros setenta del Siglo XX ya pasado. De ello, hace mas o menos medio siglo. El escenario, una larga playa en el frontispicio de ese Atlántico siempre indómito, rugiente y por momentos amenazante.
El mar de Razo, no estaba ese día especialmente bravío y su engañoso vaivén ondulante, invitaba al baño y al bamboleo.
Los tres veinteañeros, se dejaron seducir por la apariencia inofensiva de aquella mecedora natural, entregándose al divertido juego de dejarse llevar por las periódicas ondas en un juego de incertidumbre aparentemente inocente y divertido. Eran los tiempos de Meyba y las melenas.
Pero el juego, poquito a poco y de modo imperceptible, fue convirtiéndose primero en amenaza y finalmente en auténtico terror.
Al comienzo, cada uno de los tres, percibió que estaba a merced del oleaje que le alejaba del fondo que los pies ya no alcanzaban. Cuando compartieron percepciones, los tres eran conscientes de que no eran dueños de su destino, sino que el mar se había hecho con las riendas. Las cada vez mas profundas hondonadas generadas por el ir y venir del oleaje, dejaban por momentos invisible el horizonte de la orilla, recordando a los ocasionales náufragos, lo frágil que puede llegar a ser el hilo del que pende la vida.
A los veinte años, el tiempo, como la vida, tiene una dimensión infinita y en la enorme soberbia de la juventud, uno se considera inmortal y capaz de vencer a los elementos, hasta que un suceso casual, se encarga de esa cura radical de humildad, capaz de hacer reflexionar a los mas osados.
Durante un tiempo cuya dimensión es indeterminable, pero seguramente corta, comienza en el teatro de la mente, un desfile interminable y apelotonado de recuerdos, de preocupaciones, de imágenes terroríficas en las que el final de todo es inminente. La imposibilidad de controlarlo, la lejanía de todos los asideros, la familia, se antojan ya como un pasado que muy pronto dejará de ser en el único sitio donde existe, que es en la memoria. Los sueños momentáneamente olvidados por la preocupación mas perentoria de sobrevivir.
Mantenerse a flote, que alguien desde la orilla pudiese lanzar el neumático inflado, gritar sin que nadie oyese la llamada de auxilio, todo se agolpaba y el agobio por mantener la calma hacían angustiosa la espera del azar imprevisible, que concluyese en un feliz desenlace momentáneamente poco probable.
De repente el banco de arena salvador emerge milagrosamente bajo los pies de uno, que sugiere la dirección del esfuerzo para ponerse a salvo, a los compañeros de zozobra.
Nunca sabremos durante cuanto tiempo, la vida estuvo suspendida y a merced de los caprichos del océano, pero si recordaremos siempre aquella lección severa sobre nuestra vulnerabilidad.
En el prudente y lento regreso a la solidez del arenal, recuperamos la calma, compartimos la alegría del dichoso desenlace y nos contamos una y otra vez de modo atropellado aquel desfile interminable de imágenes que asomaron a nuestras mentes mientras duró la amenaza.
Estoy seguro, que en los sucesivos agobios y naufragios que a lo largo de nuestras vidas sobrevinieron, el carácter forjado en aquel episodio, fue determinante para superarlos.
Al fin y al cabo, la vida es una sucesión de naufragios, a los que vamos sobreviviendo, hasta el naufragio definitivo e insoslayable.
Muy emocionante
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