UN RELATO DE POSTGUERRA.
1.-La huida.
Corría el año 1967, el “28º año de paz” en la terminología del poder imperante. En mi casa, tan sobria como humilde, había escasísimas ligaduras a las que asirse y mi infancia, puedo decir que fue la de un ser “libre”. Aprendí entonces que la libertad, es mucho mas importante cundo no se tiene hambre.
Cumplidos los quince años y huyendo de la miseria, tomé el camino de Asturias, a donde mi hermano mayor había huido años antes, en busca de alimento, a la sombra de la floreciente minería del carbón. Lo hice sin previo aviso. Al fin y al cabo, las sorpresas dejan mas escaso margen para la reacción.
Pero las cosas no eran sencillas. De mi hermano, sabía por alguna remota carta, que trabajaba en la cuenca del Nalón y sus señas postales lo situaban en Pola de Laviana.
El ALSA desde Galicia a Oviedo, era lento y exasperante el sin fin de paradas que realizaba, lo que convertía el viaje en una prueba a la paciencia. ¡Pero sería por tiempo! Con quince años, se tiene una percepción del tiempo que las cornadas de la vida y la edad, van encargándose de cambiar radicalmente.
De Oviedo a Pola de Laviana, la cosa resultó relativamente rápida, pero el ansiado encuentro con el hermano mayor, no resultó tan efusivo como a mi me hubiera gustado.
La improvisación con la que llegué, mi minoría de edad y sus condiciones de vida, hacían muy difícil para él, asumir la responsabilidad de hacerse cargo de mí. Superada la bronca inicial, por no avisarle vino el sosiego y la reflexión sobre que hacer conmigo.
El vivía en una residencia-albergue que la empresa disponía para los empleados de la mina que no tenían casa, pero no disponía de espacio para tener familiares convivientes ni invitados. Aquel día dormí en la casa de unos amigos de mi hermano, compañeros de trabajo y al día siguiente, a través de sus conocidos, pudo ubicarme en Oviedo en un albergue de religiosas, creo recordar de la Compañía de las hijas de la caridad de San Vicente de Paul.
Durante los días que permanecí allí, mientras mi hermano buscaba otra solución, las monjas me trataron con cariño y solo me exigían colaboración en las tareas de mantenimiento del convento, ayuda que prestaba de buen grado.
Pero mis aspiraciones eran las de poder encontrar un trabajo asalariado, que me permitiera ganarme la vida, algo difícil, como veremos.
A los pocos días me transmitieron el recado de mi hermano de que aquella misma tarde debería ir a verlo. No sospechaba yo, que aquella tarde sucedería algo que no olvidaré en toda mi vida.
2.-Un guaje en Busdongo.
Debía tomar un tren que me llevase hasta El Entrego, que era estación término, donde me esperaría mi hermano. Así lo hice-o así creí hacerlo-pero lo cierto es que mi hermano fue víctima esta vez, de un plantón involuntario, porque algo se torció en aquel infausto viaje.
De entrada, me sorprendió que aquel largo tren, tenía dos partes, una de las cuales estaba llena a rebosar y la otra mas o menos igual, con muchos menos viajeros en la que se viajaba sentado. Naturalmente, elegí “con buen criterio creía yo”, la parte mas cómoda, sin sospechar las consecuencias que me acarrearía la preferencia por la comodidad.
Ya hacía tiempo que había caído la noche, las estaciones en las que el ferrobús se detenía se sucedían sin que de ninguna de ellas colgara el ansiado cartel de El Entrego. Desconozco la hora que podría ser, porque el reloj tardó todavía tiempo en formar parte de mis pertenencias.
Mi desasosiego, debía ser bien visible, pues mi compañero de asiento, un hombre adulto y relajado, me preguntó amablemente. ¿A dónde te diriges guaje? Cuando le dije que pretendía llegar a El Entrego y le conté que allí me esperaba mi hermano, el hombre manifestó su disgusto, al decirme que el tren en el que nos encontrábamos, no pasaría por El Entrego. Me explicó que el ferrobús en el que viajábamos, formaba parte del mismo convoy que el de El Entrego, pero que en la estación de Soto del Rey se habían separado, siguiendo cada uno su ruta. Mi opción por la comodidad y la holgura, me habían colocado en el tren que se dirigía a León.
Pregunté donde podría bajarme, para tomar un tren de regreso, pero mi buen acompañante, me dijo que a tal hora, no había trenes de vuelta hasta el día siguiente. Con la cartera ligera, con quince años recién cumplidos y sin experiencia, pedí consejo a aquel hombre que parecía una buena persona, sobre donde debería apearme, para encontrar una pensión barata donde pernoctar hasta el día siguiente, para tomar el tren de regreso.
Me dijo que estábamos llegando a Busdongo, que él vivía allí y que me quedaba en su casa. Naturalmente me resistí razonablemente, pero resultó inútil.
Me dijo que el era ferroviario, que no tenían hijos y que pasaría en su casa el tiempo que fuese necesario. Amables y cariñosos, tanto su mujer como él, me acogieron, me alimentaron y me mimaron, sin que asomase el mas mínimo reproche ni inquisición de ningún tipo. Dormí en una cama cálida y tenía una magnífica sensación de hogar.
Al día siguiente, a la hora del desayuno, que compartimos los tres, vino la fase inevitable de poner las cosas en claro. Con exquisita sensibilidad, se interesaron por saber como con quince años viajaba solo por territorios desconocidos. Me insistieron en que solo quería ayudarme y que no harían nada que yo no quisiera, pero que por favor fuera sincero y les dijese la verdad. Naturalmente, no me resultó difícil aclararles que mi huida del hogar materno, no era ni delictiva ni malintencionada, sino la consecuencia de la miseria, el hambre y la falta de horizonte y que en mi hermano veía la salvación.
A pesar de su insistencia en que permaneciese unos días con ellos, el hecho de haber dejado plantado a mi hermano el día anterior, resultó argumento convincente para convenir que debería marcharme cuanto antes.
El hombre, buen conocedor como ferroviario, de los recursos disponibles, barajó incluso la posibilidad de hablar con el maquinista de algún mercancías, para que me llevase de matute, a lo que me opuse, porque prefería viajar en un tren ordinario pagando el billete con mis exiguos ahorrillos.
Así se acordó y así haría aquella tarde, cuando pasase el tren procedente de León. Su sincera insistencia, me obligó a acompañarles a comer con unos amigos, donde una vez mas, la hospitalidad y el cariño me hicieron sentirme uno mas.
Desde la memoria de los cincuenta y cuatro años transcurridos, recuerdo aquella gente, como excelentes personas de las que guardo un amable recuerdo y la sensación de que los vericuetos de la vereda de la vida, a veces nos permiten asomarnos a rincones donde habitan los sencillos valores que nos definen como seres humanos.
3.-La ambición de la mina. Un intento frustrado.
Volar sobre las alas del hambre, le confiere a uno una temeridad que puede resultar peligrosa. Mi hermano, era una buena persona, paciente y calmado hasta la exasperación. Me enervaba sobremanera, que no se inmutara por mis impulsos poco mas que adolescentes. Esperaba de él, alguna bronquilla salida de tono que colocara mis ímpetus desbordantes en el lugar que les correspondía, pero ni eso.
Apenas me preguntó por las desventuras de la noche anterior y por mi ausencia-plantón, entrando de lleno en su obsesión, que era la de enviarme de nuevo con mi madre, de donde nunca “debería haberme ido”.
Dos tozudos en discordia. Él, responsable y templado, consciente de que no estaba en condiciones de cobijarme y yo obstinado hasta la grosería, en agarrarme a la mina como tabla de salvación.
Desde mi fuga asido al hilo tenue de mi hermano, soñaba con internarme en las galerías salvadoras, donde se escondía el cuerno de la abundancia que me liberaría de todas las estrecheces.
Ni la negrura del paisaje de la cuenca del Nalón, cuyas carreteras parecían expeler el negro aerosol que lo teñía todo, ni la alegre brutalidad de los mineros me arredraban. Antes al contrario, me parecían las señales propicias de que era el momento de convertirme en un hombre de provecho o al menos en un hombre alimentado.
Mi hermano hubo de emplearse a fondo, para persuadirme e incluso llegó a recurrir a sus compañeros más desmesurados, para convencerme con las mas descarnadas descripciones de la penosidad y la peligrosidad de la mina.
Ningún argumento logró amilanarme. Solo la cruda realidad pudo colocarme en mi sitio. En la oficina de contratación de la mina, me dijeron que si no tenía dieciséis años no podría trabajar.
Aquella momentánea decepción, abrió el paso a una nueva expectativa. Al año siguiente el problema estaría resuelto.
Mi hermano no pudo evitar pese a su proverbial parsimonia, manifestar su alivio porque finalmente la realidad se imponía, pero también su preocupación, porque mi tenacidad marcaba la fecha del regreso.
Regresé a casa momentáneamente vencido, pero no derrotado. En menos de un año volvería, vaya si volvería y para entonces ya no habría disculpas ni fracasos. Al menos eso pensaba yo.
4.-En el umbral de la delincuencia.
Las cornadas del hambre, a menudo le sitúan a uno en disyuntivas complejas en las que la opción mas factible es el atajo a través de comportamientos socialmente rechazados. Un orgullo tozudo y una temprana conciencia del bien y del mal, fueron salvándome de la tentación, pero hay momentos en que la fatalidad resulta inevitable.
En 1968, yo tenía dieciséis años y tal y como me habían dicho, ya podría trabajar, pero es posible que hubiese algunas cosas que no me habían contado.
Con un espíritu de victoria cuasi desbordante, me presenté en la oficina de la mina, con mi partida de nacimiento en la que se acreditaban mis flamantes dieciséis años. Allí me pusieron negro sobre blanco la situación que hasta entonces desconocía. Con dieciséis años, solo se podría trabajar, con autorización paterna o acreditando que se vivía de modo independiente. No cumplía ninguno de los requisitos y, en consecuencia, se repetía el rechazo, esta vez con una demora de dos años, hasta cumplir los dieciocho.
Las tabernas y chiringuitos de mineros, eran lugar de socialización, de intercambio de experiencias y a veces brújula de orientación en situaciones complicadas.
El “portugués”, que gozaba de merecida fama de buscavidas, me lanzó el cabo que necesitaba para salvarme del nuevo naufragio. “El certificado de nacimiento puede corregirse, me dijo”. Déjame verlo. Con una pericia que evidenciaba que no era la primera vez, hizo desaparecer el “y dos”, quedando un limpio mil novecientos cincuenta, que me convertía mágicamente en mayor de edad para poder trabajar.
El siguiente requerimiento, fue conseguir el DNI, del que solo era preciso conocer el número, que ya figuraba en el resguardo.
Desde los cincuenta y tres años de distancia, percibo que el rigor en el control de la edad real, no formaba parte las prioridades de la burocracia minera.
Lo cierto es que en pocos días, me vi tiznado de negro, con ese tinte pegajoso y persistente. El montacargas atestado de ruidosos mineros, las galerías intrincadas, tenuemente iluminadas, los frágiles entibados y los martillos picadores, pronto se convirtieron en cotidianos.
Era ayudante de minero y eso me permitía percibir un salario a fin de mes. Nada del otro mundo, pero suficiente para poder pagarme la residencia para mineros y alimentarme. Mi primer lujo, fue comprarme un diccionario “gordo”, uno de los pocos libros que atesoré en mi vida.
Durante los dos años siguientes, tuve la oportunidad de conocer la realidad de la mina. Un auténtico universo de hombres y de caracteres. Mayoritariamente extrovertidos, aparentemente irresponsables, traducían manifiestamente la voluntad de exprimir la vida cada día como si pudiese ser el último. Otros más taciturnos, vivían la permanente zozobra del riesgo de dejar huérfanos y viuda.
Las bebidas alcohólicas, figuraban entre las recetas para el olvido y la alegría. Para mi fortuna, no necesité de tal recurso para sobrevivir.
El grisú, también se internó en el vocabulario habitual, aunque el azar me fue propicio y no tuve que sufrir los efectos de su presencia, siempre silenciosa e indeseada.
Durante aquellos dos años, me convertí en el Guaje Coruña. Conocí a personas solidarias y valientes, capaces de los grandes sacrificios, por ayudar a un amigo. Alguno de ellos, todavía permanece entre esos amigos que nunca se olvidan. Años de trabajo duro, de aprendizaje de la vida y de algún que otro desengaño.
El pozo Sotón, un emblema de HUNOSA y de la minería asturiana, quedó en el recuerdo y la dureza del trabajo en la mina, entre las experiencias vitales que nunca se olvidan.
Cuando cumplí los dieciocho años (en la empresa cumplía veinte), la empresa me informó de que podía realizar parte del servicio militar trabajando y me pedían que me pronunciase sobre una serie de opciones. Para entonces, mis motivaciones extraordinarias para ser minero, se habían relajado considerablemente y sospechando que la diferencia entre la edad real y la edad minera pudiera salir a la luz, decidí dar por concluida la etapa de minero y regresar a la superficie.
La siguiente etapa de la vida, fue Alemania. El Instituto Español de Emigración, se encargó de los trámites. Pero eso ya es otra historia diferente.
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