UN RELATO NO TAN DE VERANO (I)

 


Arte de postguerra.

 

Era en la década de los ochenta del Siglo XX, años de plomo en el País Vasco (las provincias vascongadas de otro tiempo) con la sinrazón de ETA en plena efervescencia. Cualquier pretexto o malentendido, podían dar con el rostro de cualquiera con una diana sobreimpresionada y ser considerado “objetivo”.

El País Vasco como destino de funcionarios públicos, no era un lugar ideal. Resultaba frecuente que la incorporación de funcionarios de los distintos cuerpos y escalas, pasase por una estancia allí, a la espera del concurso salvador que pasados unos años, permitiese trasladarse a otros lugares menos expuestos.

A quién esto relata, le tocó incorporarse a la función pública de Correos, en aquel Bilbao maravilloso, a pesar de la memoria de aquellos años duros.

Mi presencia allí, fue la coartada perfecta, para una visita de mi padre, que luego pude constatar, que además del indiscutible amor paterno, tenía otras poderosas motivaciones.

Mi padre, perteneció a esa generación de ciudadanos a los que la tragedia de la guerra, situó por azar en uno de los presuntos bandos, como podía haberle situado en el bando rival, sin que sus convicciones íntimas sufrieran grandes convulsiones. A él le correspondió el bando faccioso convencionalmente conocido como “los nacionales”, sin que su fervor patriótico gozara del más mínimo estímulo.

Mi puesto de trabajo de entonces, era la Estación de Abando en Bilbao. Llevaba años acudiendo diariamente a cumplir mi jornada en aquella estación, sin apenas enterarme de alguna de las maravillas que me rodeaban. Aquella mañana cuando llegó mi padre, que viajaba acompañado de mi tío, les descubrí ensimismados admirando la enorme vidriera que corona el extremo de la nave de andenes.

 Sus serenos comentarios sobre lo que veían, no eran naturalmente fruto de la erudición, sino de la sencilla e inteligente observación de las figuras polícromas. Escuchar sus reflexiones sobre monumentos, costumbres y oficios plasmados en el mural, revelaban una sensibilidad natural y una curiosidad digna de los mejores seres humanos.

A menudo, descubrimos en nuestros mayores, valores en los que por rutina nunca habíamos reparado; valores que no solo nos permiten admirarlos sinó también ponderar las circunstancias complejas en las que han tenido que vivir o sobrevivir. Admirable cura de humildad, que nos facilita gratuitamente ese espejo cóncavo que a menudo constituye el ejemplo de nuestros mayores.

Lección de sentido común, de constancia, de prudencia y de curiosidad, que la volubilidad insensata de la adolescencia y la juventud nos ocultan, durante años. (Continuará)

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