UN RELATO NO TAN DE VERANO (II)

 


Una lección de “historia”

 

Cuando compartíamos unas cervezas en una taberna del barrio viejo, mi padre resume con la maestría de un relator, una historia para mí desconocida hasta entonces.

Acabada la guerra, estábamos en el campo de prisioneros de Miranda de Ebro, donde unos pocos éramos vigilantes del bando “nacional” y los prisioneros eran excombatientes del bando republicano. Resultaba difícil mantener las distancias o la hostilidad en una convivencia cotidiana entre seres humanos, a los que el azar o las circunstancias, habían convertido en enemigos. A pesar de estar prohibida la comunicación con los presos, esta resultaba tan inevitable, como la empatía que a uno le genera el sufrimiento del que por puro azar, se ve sometido a la injusticia, a la irracionalidad y a la sinrazón.

Andrés Guría me resultó una persona sincera, noble y agradable, con la que de modo casi inevitable fluyó una una corriente de simpatía mútua, que acabó convirtiéndose en franca amistad. Mi posición, me permitió facilitarle con algunos riesgos, tabaco  y algunos alimentos extraordinarios, que mitigaban su penosa situación.

Era de Ondárroa y nunca mas he vuelto a saber de él. Me gustaría verlo.

Txiqui el tabernero, preguntado casi de broma por si conocía al tal Andrés Guría de Ondárroa, respondió al mas puro estilo bilbaino. ¡Ahí va Diós, pues quién no ha de conocerle!, si es el de Transportes Guría y tiene un montón de camiones. En las páginas amarillas ya le encontrareis.

Un rictus de alegría iluminó la cara de mi padre, que me pidió que consultase las páginas amarillas, para poder llamar al amigo de hacía cuarenta años.

La llamada desde la cabina mas próxima no se hizo esperar y a través de su empresa de transportes, no resultó difícil llegar a contactar con Andrés Guría. Su primera reacción fue de sorpresa e incredulidad. Cuando mi padre le relató a través del teléfono, su identidad y las circunstancias en las que se habían conocido, esa primera reacción, dió  paso a una alegría eufórica y de ahí a una cita en su casa de Ondárroa para el dia siguiente. El viaje desde Bilbao se haría en un camión de la compañía, que circularía por allí y el regreso, se haría del mismo modo. El trayecto Bilbao-Ondárroa, era ruta frecuentada por los camiones de Guría.

Una hermosa casa a meda ladera, con arquitectura típica del norte y una amplio y hermoso jardín que la circundaba, eran la expresión de la laboriosidad y la fortuna del amigo Andrés. Su hospitalidad digna de un buen vasco, contribuyó a crear el clima para desgranar los recuerdos, la memoria ya tan remota y las vivencias que emocionaron a ambos.

Las guerras para quién las quiera y la mejor patria son las buenas personas, fueron las conclusiones reflexivas de dos amigos que en la madurez evocan aquel pasado de la locura y sinrazón que enfrentó, a hermanos, a seres humanos en un conflicto cruel para satisfacer los intereses egoístas de quienes promovieron el odio, el enfrentamiento y la subversión del orden democrático.

Ellos constataban la feliz coincidencia de haber concluido aquella infausta etapa de sus vidas, sobreviviendo aunque fuese con esfuerzo y sufrimiento, compartían la enorme alegría de haberse hecho amigos desde sus posiciones involuntarias y aleatorias en dos bandos tan artificiosos, como forzados; pero sobre todo compartían la fortuna de no haber sido como tantos otros, víctimas propiciatorias del cruel olvido en alguna cuneta, fosa o descampado.

Toda una lección reflexiva hace casi cuarenta años, que no deberíamos olvidar. Debo decir no sin disgusto, que escuchar a los actuales protagonistas de la cosa pública, resulta descorazonador.

Uno tiene la impresión de que no han aprendido nada en los cuarenta años de ejercicio democrático.

 

PD: Mi gratitud al amigo de la infancia, que desgranando recuerdos, me contó esta entrañable y aleccionadora anécdota. Un auténtico homenaje a la figura de su padre.

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