EL SEÑOR GARAMENDI Y LA CULTURA DEL ESFUERZO.
No hay nada extraño en que el señor Garamendi, en el estricto cumplimiento de su "misión" rechace de plano cualquier ambición de los trabajadores de ver reducida la jornada laboral. Al fin y al cabo, la ambición natural de cualquier patrono sería la de que sus trabajadores trabajasen el máximo de horas por el mínimo salario. Una interpretación sui generis, de la vieja "ley de bronce de los salarios", según la cual, todo salario que se aleje por encima del mínimo vital, sería perjudicial para los trabajadores.
Ni la lucha de clases ha muerto, ni los viejos principios de la patronal mas "clásica", han evolucionado. El capitalismo renano, el fordismo, o el taylorismo, parecen quedar lejos del pensamiento de estos señores, para los que el welfare state consituye una manifestación mas de "comunismo"atroz.
Es la nada nueva visión de la derecha, que no cesa de recordarnos que una persona que mande con "autoridad" es preferible a cualquier estado de derecho, cuyas garantías no hacen otra cosa que favorecer a ciudadanos que no lo merecen y no se sonrojan identificando a extranjeros, pieles o religiones distintas, salvo que fuesen ricos. La aphorafobia que acuñaran doña Adela Cortina.
Frente a la aspiración de tener horario y un salario digno, el señor Garamendi, nos ofrece como paradigma de la cultura del esfuerzo, a D. Carlos Alcaraz, niño millonario aventajado que ha triunfado en esa élite tenística tan del agrado de la cofradía a la que representa D. Antonio.
Claro que lo de aspirar a ser todos millonarios, meritocracia mediante, no deja de ser una quimera, porque los auténticos millonarios, se hacen a base de que muchos otros ajusten sus salarios y trabajen jornadas que nada tienen que ver con las máximas legales. Esa es la triste realidad, mas allá de las leyes. Por tanto sofismas los que se quieran, pero realidades solo las que cuentan.
Para completar lo de la cultura del esfuerzo, se suma D. Albert Rivera, con aquello de que en este país, "productivos quedamos pocos". En un auténtico alarde de autoestima, se incluye entre los productivos a si mismo, con dos bemoles. No resulta difícil asimilar la cultura del esfuerzo y de la productividad de D. Antonio y D. Albert. Esforzadas comidas de trabajo, complejas reuniones "institucionales" en la procura del interés propio y viajes corporativos en primera clase, estancias en hoteles en los que invisibles camareras y limpiadoras, claman por salarios dignos y horarios compatibles con la vida familiar.
¡Asi estamos!
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