LA EXTRAVAGANTE “RECONCILIACIÓN” DEL EMÉRITO MONARCA.
De las personas mayores, siempre esperamos prudencia y una cierta sabiduría, aunque solo sea porque después de acumular cicatrices de toda una vida, algo deberíamos haber aprendido. Si la persona mayor es un rey, naturalmente cabe esperar de ella que esté a la altura de lo que representa o representó en algún momento.
Confiesa en esas llamadas memorias, que contraviene el consejo paterno, de que un rey no debe escribir sus memorias. Debería hacer caso a su padre, porque el intento de ajustar cuentas, de reconducir a los historiadores, de recuperar el favor de su hijo-heredero-rey o de reprochar a Sofi (sic) su falta de humanidad, puede convertirse en un bumerang difícil de esquivar.
He de confesar, que desde mis convicciones republicanas, no soy antimonárquico, por una razón exclusivamente práctica. Una monarquía constitucional, sometida al imperio de la ley y con un ejercicio de valores republicanos que garantice esa moderación mas allá del escarnio de la lucha política cotidiana y favorezca la convivencia, me parece útil. La Constitución española, para modificar el sistema de provisión de la jefatura del estado, requeriría de unas mayorías que a medio plazo, no parecen posibles, luego desde el punto de vista convivencial, lo deseable es que el monarca vigente, ejerza con prudencia, moderación, sosiego e imparcialidad, el papel que le encomienda la carta magna, hasta que la madurez ciudadana y el regreso a la sensatez del teatro político, permita pensar en una reforma nada sencilla del entramado institucional, para convertirnos en mayores de edad, responsables de nuestro destino colectivo.
Mientras tanto, la ruptura del silencio por parte del emérito, se me antoja perturbadora, porque no hace mas que complicarle las cosas al monarca vigente, porque las razones de su alejamiento, no solo no han desaparecido, sino que parecen haber alcanzado una dimensión de sima insalvable.
Resulta sarcástico, que el campechano emérito, reivindique su pensión, después de haberse conocido su entramado societario localizado en paraisos fiscales, su corrupta y oscura recepción de obsequios suntuosos incluidos los monetarios de amigos empresarios o de monarcas absolutos y su confesa actuación fraudulenta frente a la hacienda pública patria, por mas que en su tratamiento, haya encontrado indulgencia y magnanimidad.
También resulta sorprendente, que a punto de alcanzar sus 88 años, necesite reivindicar la figura de su mentor el dictador Franco, del que resalta sus virtudes paternales, convalidando de un plumazo, los muchos millares de víctimas en período de paz, que dejó aquel autócrata cruel y despiadado. Impropio de alguien que quiere reconciliarse, a no ser que su verdadera intención, sea reconciliarse con la emergente cofradía de la desmemoria y del engaño. En este caso, el regalo que le hace al pais, a su hijo y a la monarquía, es manifiestamente envenenado.
Llama poderosamente la atención, que reivindique su libertad, salvo que el sentido que tiene de la misma, coincida con el rampante libertarismo populista, que pretende desembarazarse del yugo de la ley, para hacer de la voluntad propia el fundamento de todo gobierno. ¿Echa de menos el no poder ser un monarca absoluto? De sus comportamientos, de sus amistades, del lugar elegido para el destierro y del contenido de sus memorias, eso parece deducirse.
Demasiados años de impunidad, demasiado silencio sobre sus conocidos comportamientos y excesiva pervivencia de un temor razonable, porque el 23F y sus antecedentes violentos, siempre pendieron como una amenaza para la convivencia. Da la sensación de que no ha entendido nada.
En la humilde opinión de este simple ciudadano, mejor le hubiera sido al emérito, seguir el consejo de D. Juán y mantener un silencio prudente. De la evaluación de su reinado y de sus fechorías, ya se encargarán los historiadores profesionales. Las memorias, solo serán sin duda un agravante en la evaluación de sus aspectos mas negativos.
Resulta esperanzador que al actual rey, sea consciente del marrón que representa un padre como él y desde esa consciencia, tenga incentivos para ser un jefe de estado moderado, prudente y ejemplar, lo que redundará en favor de la ciudanía española y mitigará el maltrecho prestigio labrado a pulso por las cuatro últimas generaciones de Borbones.
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