EPSTEIN O LA ESENCIALIDAD DEL MAL.

Hannah Arendt, indaga en la larguísima declaración del nazi  Adolf Eichmann ante un tribunal israelí y los peregrinos y contradictorios argumentos del personaje, le dan pie para teorizar sobre la "banalidad del mal". Aquel hombre, pretendía exculparse arguyendo desde la obediencia debida, a la desconsideración de sus jefes y hasta su mismísima ignorancia de los hechos o sus pretendidos planes para salvar a todos los judíos, deportándolos a Madagascar. Efectivamente, semejante criminal, pretendía aparentar, que el era apenas un invitado forzoso en una operación perfectamente planificada de exterminio, que para el, era apenas un trabajillo en el que se sentía mal considerado.

Si la insigne filósofa, averiguase sobre las andanzas del magnate Epstein, tal vez encontraría algo bien distinto a lo que mostraba aquel miserable personaje de la jerarquía nazi y encontraría tal vez la maldad intrínseca de un personaje de marcada personalidad, perfectamente estructurada y orientada a la consecución de fines esencialmente perversos e inhumanos.

"Triunfador" en los negocios especulativos, se construye una considerable fortuna, que le permite acumular mansiones en diversos y distantes lugares de la tierra, desplazarse en jet privado y relacionarse con personajes significados de la política, las finanzas, la farándula o las mismísimas monarquías. 

Parecería, que la codicia y la ambición, podrían quedar satisfechas, una vez alcanzado el gran objetivo de disponer de recursos suficientes, para que cualquier mortal los considerase ilimitados para su periplo vital; pero la avaricia se caracteriza por no tener límites y el magnate, parecería necesitar algo mas para mostrarse a si mismo su condición de todopoderoso y además de gozar de la compañía y tal vez el favor de poderosos de todo pelaje, precisaba tenerlos a su merced, no como amigos ilustres, sino como inevitables vasallos víctimas de sus propias miserias.

Magnates, poderosos y soberbios, se inclinan ante el halago del prócer, que graciosamente les facilita la satisfacción de sus perversiones, no importa que estas sean delictivas e inhumanas. Da igual que se trate de mujeres menores o jóvenes engañadas o tal vez drogadas, para satisfacer las apetencias de los "amigos". Mansiones, jet y por supuesto servicio de documentación y grabación, formaban parte de la estrategia para disponer de información y verificación sobre todo el proceso.

Así, los servicios sexuales para satisfacer los apetitos de las amistades, se constituían en un apéndice necesario, para disponer de elementos de chantaje y siacaso, propiciar un conocimiento íntimo para tener acceso a informaciones sensibles que los halagados suministrarían inocentemente o no y de las que sería depositarios, como consecuencia de sus cargos.

Da igual que Epstein lo hiciese movido por su codicia personal o que lo hiciese por su presunta condición de servidor aventajado del Mosad israelí, aunque los resultados para el mundo no fuesen los mismos en un caso y en otro.

Es justo en la desmesura de la ambición y la avaricia, donde se encuentra el mal, que conlleva que todo lo demás esté al servicio de su satisfacción y resulte para este tipo de personajes, aparentemente irrelevante.

Resulta desasosegante, la variedad de personajes que resultaron agasajados por el ricachón y tampoco tranquiliza el vasto conocimiento que las policías y servicios de información varios, acumulaban sobre sus andanzas. Resulta triste y descorazonador, que mujeres menores o no, resulten víctimas de un criminal convicto y aparezcan apenas como accidentes, o que ahora se sospeche que en alguna de sus mansiones, puedan aparecer enterramientos de personas fallecidas en alguno de sus "eventos".

Algunos de esos personajes fueron y otros son tan poderosos, que su concurso, es apenas un suceso banal que resultará en todo caso impune, pero subyace detrás la sacralización de la codicia, como un valor y del poder sin límite como una legítima aspiración, que solo puede conducir a este mundo que ya amenaza con ahogarnos, en el que la sociedad ha de doblegarse ante la voluntad arbitraria y caprichosa de los todopoderosos.

Lo del príncipe Andrés, o los todopoderosos de Silicon Valley, son apenas anécdotas frente a lo del presidente Donald Trumph, inmune e impune ante cualquier perturbación.

La codicia como motor del mundo, no parece que pueda conducirnos a una mejor convivencia ni a unas relaciones mas equitativas. Pero viendo lo que vemos en las urnas, no parece que lo veamos como un problema. Desde mi criterio, siempre sujeto a la duda y a la crítica, la codicia, inevitablemente si límite, contiene la esencialidad del mal y sirve a los codiciosos como coartada para cualquier exceso, con tal de continuar la vorágine de satisfacción de sus insanas ambiciones.

Como siempre, es una simple opinión.



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